martes, 11 de diciembre de 2012

Me gusta que te pongas perra,
que hagas babear a los bailones,
que aúllen para ti los desgraciados.
Pero no siempre.
Cuando estamos rodeados de perros rabiosos,
por ejemplo.
Porque entonces me pongo perro yo también
y el mundo parece ya una gran perrera,
y no creo que sea bueno
reducir el mundo a esa impresión.
Felipe Benítez Reyes

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